Cuento: Desesperación

Las pinceladas caían furiosas sobre la tela, pero no era la furia la emoción que dominaba el gesto.  Fortvilelse había dejado hace mucho de preguntarse qué era lo que sentía en noches como esa. Hubo un tiempo en que identificó por lo menos frustración, tristeza, rabia. Las palabras y sus sinónimos caían sobre el vacío como las pinceladas a su lienzo: enérgicas, tan llenas de humanidad que no conseguían expresarse claramente.
De cuando en cuando, Fortvilelse detenía su actividad para restregarse su nariz inmunda de mucosidad en el dorso del brazo. Eso, y las pausas que debía hacer cada cierto tiempo para que las lágrimas de sus ojos cayeran y le despejaran la vista, le imprimían un ritmo distinto al tradicional acto de pintar. Pocas cosas eran más descorazonadoras que la visión de una pintura enturbiada por la tela de las lágrimas, pero Fortvilelse estaba acostumbrado. Se diría que casi pintaba encima de ellas, usando como modelo la desesperación absoluta que veía a su alrededor.
No había sido siempre así, por supuesto. Pero no porque hubiese habido alguna vez en la que Fortvilelse no hubiese llorado de esa manera, porque había venido al mundo llorando, como todos los seres humanos: la desgracia de existir. 

Y sin embargo hubo un tiempo durante esa existencia, hacía ya muchísimos años, en el que Fortvilelse creía. ¿En qué? Nunca lo supo; pero creía. Para demostrar que creía, se aferraba entonces al Libro Sagrado, aunque no fuesen exactamente esas palabras las que le dieran fuerza para creer. Recordaba el rostro de su madre leyéndole extensos pasajes cada noche antes de dormir. ¿Qué pasajes eran? Eso no podía recordarlo: sólo veía su sonrisa cansada y oía su voz cálida a través del eco de los años. Cada vez que cogía el grueso volumen y leía con su propia voz algunos pasajes, se imaginaba que quizá pudiesen ser los mismos que leía su madre para darle consuelo. Entonces él pensaba que así también podría darle consuelo a los demás.
Fortvilelse estaba cansado de ver las expresiones desgarradas de los inocentes, y más aún la de aquellos que habían tenido que renunciar a serlo para dejar de sufrir. Él lo entendía. Cómo no entenderlo. Su voz sola, quebradiza por los gemidos, apenas lograba sostenerse por encima de los demás. No era el Libro Sagrado el que podía entregar consuelo, al menos no por sí solo. Cada una de esas personas necesitaba una madre que se los leyese con amor, con esperanza. Y él apenas conseguía guardar esperanza para sí, para levantarse día a día a vivir una nueva mañana de existencia.
Por eso empezó a pintar: las palabras eran insuficientes. Las palabras eran engullidas por el entorno que lo rodeaba, la miseria, la crueldad, los gritos, los golpes, las injusticias. Los ojos de los niños  parpadeaban de confusión al oír la palabra “esperanza” porque no podían entenderla. No tenían nada que esperar, nada había que pudiera esperarse. 
Era más fácil guardar silencio y contemplar una visión distinta, la que él pretendía crearles a través del arte. Una insignificante ventana de tela que daba a una ilusión cobarde, y sin embargo de origen puro y noble, o así lo creía él. A lo mejor la vida no era más un hato de sinsentidos, y el propósito mismo de la existencia estribaba nada más en intentar mitigar el dolor que suponía existir. 
La forma que él había elegido era a tavés de la pintura. Tal vez la gente podría encontrar consuelo en las visiones que pintara, un consuelo fugaz, pero consuelo al fin y al cabo. U olvido. Un nuevo mundo que por momentos parecía posible pese a su irrealidad, que lograba el milagro de dejar en suspenso la miseria del día a día. Fortvilelse lo había apostado todo a este riesgo de no conocer jamás el verdadero alcance de sus esfuerzos, aun cuando en su corazón había tenido la secreta certeza de que podría cambiar más de una vida con sus actos.
«Seré un instrumento de esperanza», se decía entonces. Emplearía todo su talento y su fe para ayudar a los demás a creer en aquello en lo que él aún creía, o en otra cosa, pero creer en algo al menos. 
Y era difícil, por supuesto. Fortvilelse empezó a sentir poco a poco que sus propias fuerzas quedaban impregnadas en los lienzos y en las pinturas. Su madre había muerto, su amada lo había abandonado, su mascota de toda la vida había sido envenenada. 
Poco a poco, como todos los seres humanos, Fortvilelse empezó a quedarse cada vez más solo. La diferencia era que él necesitaba a los demás, porque al pretender ayudarlos estaba en el fondo haciéndolos su razón de vida. Era la tragedia de ser un humano: las fronteras disipadas entre la bondad y el egoísmo.
Los tonos de sus pinturas se volvieron cada vez más opacos, y las figuras cada vez más horrendas. Fortvilelse descubrió un día que sus obras habían empezado a reflejar la realidad en lugar de intentar transformarla. Y la vida tenía demasiados espejos, sin duda.
Debe haber sido por esos días en los que las lágrimas y los mocos vinieron a acompañar sus sesiones de pintura. Había fallado, había dejado de creer. Nunca había sabido en qué había creído, pero ahora podía sentir el hueco que había dejado, un hueco tan tibio y doloroso como el que dejaría un pajarillo al abandonar para siempre su nido. ¿Pero cómo seguir creyendo así, en ese mundo? 
Afuera, las sirenas y los estruendos insistían en reventar los vidrios. Ahora todos colocaban muebles firmes contra las ventanas, para detener cualquier proyectil errante, pero nadie podía huir de los lamentos que se escuchaban desde las calles. Peor aún resultaban ser aquellos lamentos silenciosos, esos que ya no tenían boca para expresarse, o que sentían que la voz desnuda era incapaz de contener su dolor. Fortvilelse se los imaginaba cada noche atenazando su corazón. Y las pinturas, mudas. 
No, debía seguir. No sabía por qué ni para qué, pero debía seguir. No conocía otra forma de existencia. Aunque terminara creando un nuevo espejo, debía tomar el riesgo. Algún día, tal vez... Algún día pintaría algo distinto, algo que pudiera dibujar siquiera una sonrisa en el rostro de un niño. Sólo necesitaba tiempo.
Pero tiempo era lo que no tenía. Las pinturas se le estaban acabando, y aquel era su último lienzo.
«¿Si las mezclo con las lágrimas... durarán más?».
Ah, si tan sólo pudiera pintar con sus lágrimas... Entonces jamás se quedaría sin materiales. Siempre había lágrimas; lo que no había era dinero, comida, salud. Esperanza.

Se detuvo un momento, en esa pausa que sobreviene siempre hasta en los peores sollozos.Volvió a sentirse vivo, a recordar su existencia en el mundo. «Pero por qué. Para qué». Afuera, un intenso atardecer se derramaba sobre el cielo. Habría sido hermoso si no recordara tanto las matanzas perpetradas en las calles que envolvía.
«Hasta al cielo le pasa: se vuelve reflejo, se vuelve espejo. Ya hay demasiados espejos, demasiados».
Algunas personas, aprovechando la sospechosa paz que se respiraba por los callejones, habían salido sigilosamente a conseguir comida y abrigo. «Pero por qué. Para qué». El hambre y el frío eran espantosos, él mismo los había sentido más de una vez, pero luego sólo venía el silencio más absoluto. Ya no habría más dolor, más tristeza, más sinsentidos, más preguntas sin respuesta. La valentía de los cobardes: sí, soy un cobarde. He perdido toda esperanza. No puedo creer en nada más. No permitiré que mi existencia siga causando daño a los demás. Una pena menor a cambio de un futuro de paz. Paz triste, es cierto, pero todo aquí es triste. O soy yo o será otra cosa, quizá peor.
—Usted no se puede matar antes de pagarme el alquiler.
Fortvilelse asintió como un autómata ante las palabras de la mujer. Tendría que irse del cuartucho miserable que alquilaba desde hacía unos días, pero antes tendría que pagar hasta la fecha y no tenía dinero. Tendría que vender sus pinturas y sus obras. Lo último que le quedaba de humanidad, la cáscara de su esperanza. La mujer necesitaba seguir viviendo, ese era su negocio. Él no podía fallarle. Además, el cuartucho podría albergar a otra persona, a lo mejor a alguien que aún creía.
«El mundo está lleno desencantados. Sólo soy uno más. Pero al menos hice lo que pude».
Pero nunca era lo suficiente. Fortvilelse sintió un nuevo acceso de llanto al recordarlo, pero logró reprimirlo («Pero por qué. Para qué»). Pensó en la gente que aún lo conocía y que aún estaba, más o menos, a su lado. Esa mujer que le daba un hogar. El panadero de la esquina, que le daba alimento. Su último amigo, que le daba más angustias que alegrías, pero que estaba ahí aún.
Fortvilelse decidió ir a visitarlo.
Nevilties era un joven músico fracasado con una sensibilidad prohibitiva para ese mundo, y más aún para el entorno en que se había criado. A su lado, Fortvilelse veía un reflejo retorcido de sí mismo («Ya hay demasiados espejos, demasiados»), pero no podía abandonarlo. Toda la gente hacía eso con los demás, todos huían ante aquel que necesitaba ayuda. Fortvilelse lo entendía: todos tenían sus propios problemas y tragedias, pero... ¿Pero entonces qué le quedaba a la vida si cada quien se enfocaba sólo en lo suyo? Así no podían funcionar las cosas. Él mismo había hecho el intento de cargarse su angustia al hombro y sostener en las manos libres la de los otros. Y había logrado avanzar. Poco, casi nada, pero lo había hecho, él, una figura tan insignificante en el mundo. Quizá cuánto más podrían avanzar otros más nobles y elegidos de entregarse en sacrificio. Pero no habían querido hacerlo. Nevilties estaba solo, de no ser por él. Es decir, sí: estaba solo.
Se lo encontró sumido en la bebida, como casi siempre, aunque con la lengua lúcida. Tomaba para olvidar, porque los malestares y visiones alchohol eran un mal menor ante lo que entregaba la sobriedad. Eso decía él al menos. Fortvilelse trataba de apoyarlo dentro de lo que podía, pero no era quien para salvarlo. Nadie podía salvar a nadie, sólo consolar en la hora final. Sólo eso y nada más.
—Se ha ido con otro hombre, la desgraciada. Todas son iguales.
Fortvilelse no dijo nada. Afuera, la gente languidecía de hambre, frío y soledad. Él mismo llevaba en su cuerpo las cicatrices de todo eso, sobre todo de los golpes y de los gritos que su padre había dejado caer sobre él antes de morir triturado por un tanque. Pero él también había sido rechazado. Los dolores eran distintos, pero nadie podía ser juez de nadie. Todo dolor era importante, ninguno era más que otro. Cada quien sufría por lo suyo. Sólo eso y nada más.
—Igual que la tuya, Fortvilelse... Un día todo bien y al siguiente... Todo ha cambiado. Dejamos de ser prioridad. Pasamos a ser estorbos a los que hay que cargar. ¿Qué debemos hacer entonces? ¿Debemos guardarnos para nosotros nuestras angustias y esperar a reventar? ¿Para qué existe el amor entonces? ¿No es algo incondicional, en las buenas y en las malas? ¿Qué es el amor? Y, en primer lugar, ¿podemos amar así como estamos tú o yo, con el alma hecha pedazos?
—...
—Eso dice ella. Dice que no puede amar a alguien que ni siquiera se ama a sí mismo. Que no puede salvarme. Y que yo tampoco estoy en condiciones de darle amor. Así como estoy...
—...
—¿Es eso cierto, Fortvilelse? ¿Es todo esto una mentira? Es una cadena de horrores, sí... Tengo que amarme a mí mismo, pero ella me ha dejado por mi culpa. No puedo amar a alguien que ha hecho eso con una criatura tan noble como ella. Ella intentó ayudarme, sí... Pero no pudo salvarme: eso es cierto. Y ahora, aunque me ame, ella no volverá jamás a mi lado. ¿Vale la pena vivir una vida sin ella? ¿Quiénes vendrán después de ella? ¿Por qué tienen que seguir viniendo?
—...
—Dice que mi vida debe ser algo más que ella. Mira esto, Fortvilelse —Nevilties le mostró un fajo de partituras—. Son las obras que compuse pensando en ella. Las obras más hermosas que pude haber creado, porque estaban motivadas por el amor... O por el cariño, ya que se supone que nunca pude amarla. Yo no necesito anotar estas cosas, porque la música yace dentro de mí. Soy todo lo feliz que puedo ser con mi música, pero escribí por amor... cariño a ella. Porque el arte no tiene sentido si no es un acto de amor.
—...
—... Sí, de amor. Todos hablan de realizarse, de cumplir un sueño. Pero lo más importante es esta vida, la humanidad. El arte debe darnos esperanzas de un mundo mejor. Si no, ¿para qué sirve?
«Pero por qué. Para qué».
—¡El arte debe ser un acto de amor...! ¡Y es un acto que hasta seres que no pueden amar como tú o yo pueden hacer! ¿No son tus pinturas también un acto de amor? Muéstrame la que has traído.
—Es la última que haré.
Nevilties no hizo más preguntas. No había necesidad.
—Te la compraré. Dame un precio.
Fortvilelse mencionó la cifra exacta para pagar su estadía en la pensión.
—... Un hombre hecho pedazos tiene la suficiente fuerza de voluntad para crear una pintura, también hecha pedazos, y entregárselas a su amigo... Igualmente hecho pedazos. Y es una pintura terrible, terrible... Mira este rostro, casi desgarrándose en su grito de dolor. Mira este paisaje, lleno de gente indolente y sin expresión, de vacío y soledad. Esta pintura me representa a mí. Es un espejo de mi vida.
«Ya hay demasiados espejos, demasiados».
—Y esta pintura, a pesar de eso, es un acto de amor. Tú empezaste a pintar por amor, Fortvilelse.
—... Ella me enseñó lo básico. Ella era muy talentosa. Es.
—Ella, ella... Ella está siendo aclamada por sus obras en la capital. Son obras perfectas, dicen, perfectas en sentimiento y técnica. Pasarán a la historia, sí. Pero no hay amor alguno en esas pinturas. Nacieron por ella y para ella. Para darle voz pictórica a una época. Para tener un nombre en la tradición.
—Sus pinturas inspirarán y emocionarán a muchos a futuro. Darán verdadera esperanza, algo que yo no pude lograr. No tenía el talento, no tenía el carácter, no tenía el dinero. Sólo quería... creer. Creer creando.
Nevilties asintió, la cabeza pesada por el delirio lúcido.
—El problema es el mundo, no nosotros. El problema es el dios que así ha dispuesto todo. ¿Tienes aún el Libro Sagrado? ¿Cuántas veces se repite ahí la palabra “amor”? ¿Cuántas veces los otros la usan para causar dolor? ¿Y cuántas veces se expresa de verdad para entregar esperanza? ¿Y por qué esperanza? ¿Qué es lo que esperamos en realidad? ¿A quién? ¿Al propio dios...?
Fortvilelse agitó la cabeza, triste y confundido.
—No lo sé. Ya no sé nada de nada, aunque quizá nunca supe algo en primer lugar.
—Tienes razón. Lo que importa ahora es que ellas se han ido y que nada nunca tuvo importancia. Pero antes del final, déjame mostrarte algo por amor. Te mostraré la obra que compuse para ella. Serás la primera y la última persona en oírla. La olvidarás después; eso tampoco importa. El amor es algo fugaz, ridículo. Como la existencia humana. Siéntate.
Nevilties se sentó a su vez ante el polvoriento piano y comenzó a tocar. Los ojos de Fortvilelse se llenaron por unos momentos de unas lágrimas distintas: el poder del arte. Era una composición preciosa. Valía la pena seguir viviendo sólo para oírla hasta el final. ¿Cómo no podía haber amor en esa melodía? ¿Qué clase de persona había sido ella para decir esas cosas tras haber conocido esta obra? Pero Fortvilelse se reprochó duramente sus pensamientos: todas las personas eran distintas. A ella eso no le había bastado. No había visto hermosura ni esperanza en el gesto de Nevilties, o no la suficiente. 
Ella, al igual que la que había sido su propia “ella”, no había logrado encontrar motivos por los que luchar por su enamorado. Las virtudes, el arte y la esperanza de ambos hombres no habían sido suficientes.
La pieza acabó al fin.
—Es todo cuanto puedo ofrecerte esta noche, Fortvilelse, amigo. Ya no me queda nada más. Antes de irte, llévate esto: lo necesitarás.
Era una pistola. Fortvilelse la cogió con timidez.
—Ya casi es el toque de queda —explicó Nevilties, por un momento recuperando la sobriedad—. Es peligroso salir sin algo así afuera. Además, quiero estar consciente cuando llegue el final. He sufrido toda mi vida; no dejaré de sufrir ahora. Lo entiendes, ¿no, Fortvilelse?
Fortvilelse asintió. Ambos amigos se estrecharon en un apretado y largo abrazo de despedida, pero al cabo éste también se acabó, igual que la composición de Nevilties.
***
Fortvilelse se enteró rato después del incendio. Todo programado, por supuesto, pero su propia carga le había impedido comprenderlo a tiempo. Fue demasiado tarde cuando volvió corriendo y gritando: los bomberos ya estaban ahí, ante la casa ardiendo. Consciente hasta el final: hasta que las llamas le devoraran el sentido. La última pintura, también devorada. Y las partituras. Todos los actos de amor de ambos hombres habían desparecido para siempre en solo unos momentos.
***
Pagó el alquiler y se marchó con sus escasas pertenencias. Estaban tan viejas que no podrían servirle a nadie. La excepción era el Libro Sagrado, la única posesión que tenía algo de valor como antigüedad. Pero ya nadie podía entender esas palabras, ni siquiera él. Se lo llevaba como un pedazo de recuerdo de una existencia pasada, una ruina, un fósil. Algo muerto, mudo. Algo casi como él.
«Y esto es también un espejo: la palabra amor estampada, sin sentido ni propósito. Nadie puede leerla, nadie puede entenderla. Se emite y se pierde. Como mis pinturas, como las partituras de Nevilties, como mi esperanza. Como mi propia vida».
Fortvilelse tuvo que detenerse. 
Hacía poco había encontrado una joven desnuda en el campo, con evidentes signos de haber sido ultrajada. Esos ojos estaban más allá de toda salvación, o incluso consuelo. Fortvilelse sólo tenía su abrigo para cubrirla, y sus pies y voluntad para conducirla a la comisaría, lugar donde quizá abusarían una vez más de ella. No tenía cómo protegerla, cómo darle esperanza. No le quedaban pinturas, y ella parecía incapaz de verlas.
Fortvilelse supo que así sería lo que le quedaba de camino: toparse siempre con seres inocentes devastados. Y él sería un monstruo por permitirles seguir con vida cuando la vida sólo les depararía más miserias. ¿Y no habría sido monstruo también si fuera aún capaz de darles esperanzas? Esperanzas para un mundo que había asesinado todo lo que se podría esperar.
El Libro Sagrado se le cayó de las manos. Era demasiado. Nadie podía aguantar tanto, valiente o cobarde. 
Y la pistola seguía bajo sus ropas, atenta.
—Tu mundo no tiene sentido —dijo en voz alta, mirando al cielo nocturno. Una leve garúa había empezado a caer—. Hiciste todo como un juego, pero tanto te entusiasmaste que olvidaste asegurar bien la llegada a la meta. Y esto es lo cierto: nadie puede llegar a ella. El cielo es inaccesible. No hay paz en la siguiente casilla, ni al final del tablero. La esperanza es algo parecido a esperar el amor en la cara de un dado en lugar de un simple número, de la simple rutina del día a día que hay que seguir aguantando. Una promesa vacía, rota.
»A lo mejor eres un creador como nosotros. A lo mejor también creíste alguna vez, o tuviste esperanzas. Pero tus creaciones se te salieron de las manos. Como las mías, como mis pinturas. No pude seguir pintando el mundo como debería ser, según yo, un mundo sin tristeza, sin violencia, sin desesperación. Terminé reflejando tu propio mundo. 
»Pero la diferencia es que yo creé por amor, para cambiar algo. Para traer esperanza. Algo tan insignificante como yo quiso ser tu instrumento en el mundo. Tú pareces haber creado como ella: por tu propio placer. Pero nosotros, tus criaturas, estamos sufriendo. Sufrimos mientras tú, tal vez, nos muestras a tus críticos y ellos asienten con admiración. Tal vez habría sido mejor una obra mediocre, como las mías, pero llenas de amor. 
»El arte debe ser un acto de amor. ¿Hay amor aquí, en este mundo? ¿Hay amor dentro de mí, que estoy hecho pedazos, como dijo Nevilties? Dirás que es un asunto de libertad. Sí, es cierto. Pero la libertad no lo es todo. La esperanza lo es, y tú te has encargado de ponerla en los rincones más difíciles. Es la casilla a la que nunca llegamos, la tarjeta sorpresa que nunca conseguimos.
»Y, como sea, yo tuve la libertad de elegir seguir adelante. Tú me viste, tú lo sabes: me viste pintando, sabes cuánto me esforcé para usar mis obras como una vía de esperanza. Pero fracasé. Yo no elegí fracasar. Nevilties está muerto. Murió triste, sin consuelo. Yo no pude hacer nada por él. No se trataba de traicionar su propia libertad de morir, sino de hacerle un poco más agradable sus últimos momentos. »Tú tienes el poder de cambiarlo todo. No de meter tu mano directamente, sino de darnos fuerzas, pero no sólo fuerzas. Necesitamos una señal de que vamos bien. Una esperanza. No podemos seguir a ciegas. Acabo de dejar a una joven en un lugar donde sé que pueden hacerle más daño, porque no tenía qué más hacer. Y tú no me das ningún indicio de que pueda estar bien. Por qué ella, para qué... Es apenas una muchacha. Por qué no eres capaz de darle esperanza a ella.
»¡Por qué no pudiste darme la fuerza suficiente como para entregarle verdadera esperanza a los demás! Lo entregué todo, hasta lo que no tenía. Todo por ellos. Yo ya no tengo nada. Pero tú sigues ahí, mudo, impávido...
Fortvilelse se detuvo. No sabía qué más decir. Los sollozos se le acumulaban en la garganta. Pronto empezaría a llover.
—¡Demuéstrame que tu mundo no es un sinsentido, un valle de lágrimas! ¡Demuéstreme que hay un plan secreto para todo esto, que el final feliz es posible si tomamos algunas decisisiones cruciales! Demuéstrame que hay justicia al otro lado del umbral, que los inocentes alcanzarán al menos allá su paz y que los que se refocilaron en hacer daño tendrán su castigo y aprenderán a recuperar su inocencia. Demuéstrame que el arte no es sólo vanagloria y ego, que es una muestra de amor... Demuéstrame que el amor mismo existe, y explícame qué es realmente el amor.
»¡O demuéstrame todo lo contrario, pero hazlo ya...! Demuéstrame que esto no tiene ningún sentido, que este mundo fue sólo un capricho artístico que se te escapó de las manos... Que vivimos por vivir, y morimos eternamente al cabo de nuestra vida...
»Demuestra lo que tú quieras. Pero di algo, haz algo... ¡¡Porque ya no puedo creer más y necesito una respuesta... !!
La lluvia ya se había desatado. El rumor de su caída apaciguaba un silencio que habría sido espantoso de no contar con él. Pero él no contestaba. No podía hacerlo.
Fortvilelse alzó la pistola. 
Recordó a su madre agonizando, el cadáver triturado de su padre, a su perro vomitando sangre, a sus amigos de la infancia mutilados y acribillados por la guerra, a su gran amor diciéndole adiós, no estamos en condiciones de amarnos. Recordó cada una de las personas sufrientes que había alcanzado a ver en vida. Recordó a Nevilties y su abrazo. Recordó las pinturas. Recordó, al fin, la memoria y el olvido.
Hizo fuego contra el cielo y la lluvia, hasta agotar las balas, pero ni los truenos osaron desafiarlo. —Entonces es cierto que nunca exististe. Quien no muere no está vivo, y quien no está vivo no ama. Y quien no ama no puede entender nada de lo que he estado diciendo. O quizás sí existes y estás más allá de la comprensión humana, y nada de esto te importa en verdad. En ese caso nada tiene sentido. Y dará lo mismo lo que haga.
Fortvilelse cayó al suelo, la lluvia envolviendo y confundiendo sus sollozos. Las únicas palabras que no lograron disimular fueron éstas: «Hasta cuándo».
Hasta cuándo: esa era una buena pregunta, pero no había respuesta. Nunca la había habido. 
¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo? 
¿Hasta cuándo?
La lluvia hablaba y no decía nada. ¿Por cuánto tiempo...?
Por esa noche.
Por la próxima semana.
Por un mes
Por un año.
Por una década.
Por un siglo.


Para siempre.
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Published on June 06, 2012 11:59
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