Anillos de Poder: ¿un fiasco?
The Lord of the Rings: The Rings of Power es una serie de Amazon Prime estrenada el 2 de septiembre de 2022. Vi el primer episodio casi apenas salió y todo lo que voy a escribir se trata de ese episodio solamente. Digo esto porque voy a decir que no me gustó la serie y no quiero ser acusado de descartarla sin haber visto casi nada. Quizá vea otro episodio más, pero no espero nada de él. Los productores de series, por una cuestión lógica, tratan de que su primer episodio sea lo más atrapante posible; si este es el estándar de The Rings of Power, mejor no seguir.
Ante todo quiero lidiar con dos asuntos relacionados: 1) la fidelidad de la adaptación a la obra de Tolkien; 2) los cambios, bastante obvios, en la elección del cast con respecto a las representaciones más tradicionales de los personajes, incluyendo ya en la tradición a las películas de Peter Jackson. El punto 2 es el más fácil: personalmente no me importa si los elfos son negros, pelados, transgénero o con pliegue epicántico; me basta con que actúen como elfos de los que Tolkien describió. Hay que decir que Tolkien específicamente describió a los elfos como de piel clara, con cabello (aunque en general sin barba ni bigote) y, en tanto tocó el asunto, cis-heterosexuales; pero esas características son accesorias. La sensación que me viene al ver el primer episodio es que los productores calcularon cupos de diversidad de género y color de piel y asignaron roles de esa manera. Y el problema de esto es que aun un mundo fantástico tiene sus reglas, y si (por ejemplo) los Harfoots (hobbits con otro nombre) son un grupo pequeño y cerrado, como ellos mismos se ven y se describen, no parece razonable esperar extremos de diversidad en su población… a menos, claro, que los Harfoots negros solo se apareen con Harfoots negros y los blancos con blancos (¡Eru Ilúvatar nos libre!).
En cuanto al punto 1, es decir, la fidelidad de la adaptación: los encargados de marketing pueden y deben decir lo que sea para lograr público, y en The Rings of Power no está mal decir que se basa en la obra de Tolkien, o más correctamente, en lo que se vio de The Lord of the Rings y poco más, ya que, como sabemos, los productores no consiguieron los derechos de The Silmarillion. O sea: se adaptan los retazos de historia antigua que aparecen en la adaptación de la saga «moderna», personajes sueltos, un ambiente, un lore que está a disposición de cualquiera y que se despliega en cine, en fanzines o blogs de aficionados, en portadas e ilustraciones de libros, etc. Con eso hay que crear una historia que no contradiga flagrantemente lo ya «conocido» por la audiencia, aunque con amplio lugar para inconsistencias (si vamos al caso, la historia de Galadriel en los escritos de Tolkien es inconsistente y está llena de huecos; la de Celebrimbor, el artífice de los titulares Anillos de Poder, es prácticamente inexistente). Consideremos también que la audiencia no consiste solo en fans y nerds sino también en gente que no ha leído un libro de Tolkien en su vida y gente que solo vio las películas cuando salieron (¡hace dos décadas!). Es decir: no podemos enojarnos por una adaptación «libre» si el resultado está bien logrado, es coherente y es entretenido; sostenemos una cierta reserva para requerir apenas que la adaptación no contradiga puntos fundamentales de la tradición a la que se apunta, como, por ejemplo, no inventar que los elfos en realidad son extraterrestres, que los orcos nacen de huevos, que en los confines de la Tierra Media hay dinosaurios o que Galadriel es la Virgen María.
Mi crítica —¡ahora sí!— no pasa por la fidelidad de la adaptación o los cambios a la representación tradicional de los personajes de Tolkien. Sí, claro que me molestan las divergencias de la historia que conozco, pero eso lo dejo aparte. El problema de The Rings of Power es que es apenas entretenida. El guión es simplemente malo. Ya sabemos que Tolkien es épico y que los personajes de Tolkien peroran y declaman, y es difícil llevar eso a la pantalla, pero Peter Jackson demostró cómo se podía hacer. Cuando dos hermanos (Finrod y Galadriel) charlan sentados en un prado en Valinor, y Finrod sale de la nada con unas metáforas rebuscadísimas sobre la luz y la oscuridad (¡siempre es difícil inventar metáforas!), el efecto no es poético ni de «alta fantasía» sino de cringe, de querer revolear los ojos para que termine (a menos que uno tenga doce años). La coreografía de esgrima que ejecuta Galadriel para matar a un simple troll también es para dar vergüenza ajena; en comparación, la memorable escena de la película de Jackson donde Legolas usa su escudo como tabla de surf es de una fineza artística a la altura de la del cochecito de bebé de Los intocables.
Los diálogos de los Harfoots son un poco más naturales, pero inevitablemente también aquí llega el momento de la lección, y la audiencia se ve obligada a escuchar a una madre explicar a su hija los fundamentos de su cultura: asuntos que nadie saca a colación en una conversación al pasar, que Tolkien resolvió con un prefacio y con un par de acotaciones de Gandalf, y que en un medio audiovisual hay que dejarle a una voz en off, a un personaje exquisitamente bien elegido y todavía mejor guionado que haga de historiador o sociólogo, o —la mejor solución de todas— a la inteligencia del espectador, que los creadores de The Rings of Power no tienen en gran estima.
Paso a un punto más puramente estético, que es la presentación física de los personajes y escenarios. Peter Jackson nos mostró Lothlórien, ese bosque del ocaso de los elfos comandados por Galadriel, con razonable acierto: vemos a los miembros de la perseguida Comunidad del Anillo entrar a un bosque de troncos esbeltos y gris-plateados con hojas amarillo-doradas, la música acompaña la transición desde la oscuridad y las rocas frías de Moria hacia una región idílica, la luz misma cambia, los colores aparecen más saturados, las formas a la vez más definidas y más vagas, como en un sueño lúcido. Antes de esto, Jackson nos mostró Rivendel, hogar y refugio de Elrond, y aunque sus filigranas de madera, sus cascadas y sus enredaderas se vean un poquito más cursis cada vez, la acción pasa a otro lado enseguida. En The Rings of Power, en cambio, lo que obtenemos desde el comienzo mismo es una inundación de follaje dorado (y caminos tapizados de), acantilados fotogénicos, finos pilares y finísimas celosías, que dan la sensación de que se trata de paisajes generados por una de esas (por ahora nuevas) inteligencias artificiales que, tras recibir unas pocas palabras de inspiración, escupen escenarios hiperrealistas a cual más cliché.
En cuanto a los actores: como era quizá de esperarse, los que hacen de hobbits (dejemos esa tontería de los Harfoots) son los mejores en lo que hacen, porque —mal que mal— actúan de campesinos, comerciantes, niños jugando. Lo mismo ocurre con los hombres, hasta cierto punto (se me perdonará si no me parece creíble que una mujer sola va a dejar, tras pensarlo apenas un segundo, su pueblo y a su hijo para irse con un elfo que le hace ojitos a una excursión de un día de ida a pie, a campo traviesa, sin provisiones y con su vestido azul impoluto). Los elfos nuevamente se llevan el premio a la peor interpretación. Comenzamos por el hecho de que todos ellos están tan bien maquillados y tan exquisitamente delineados y airbrushed en posproducción que parecen personajes de un videojuego (o de alguna de las muchas otras películas de fantasía del montón que hoy pululan, que también se parecen a videojuegos). Por otro lado, todo este cuidado del cutis élfico no oculta que muchos de ellos son (contra la expectativa de la audiencia y también contra el lore) bastante feos. Galadriel, claro está, no: es una hermosa mujer élfica, aun si el rictus de hastío que usa durante casi todo el episodio no la favorece; en cualquier caso, no tiene nada de esa belleza sencilla y al mismo tiempo hierática que le dio Cate Blanchett a la Galadriel de 2001. Galadriel es una guerrera testaruda y una contrera, diríamos en Argentina; es uno de esos personajes remanidos de mil películas y series que se nos muestra insistiendo, con un insoportable aire de superioridad y contra toda lógica o provecho propio, en una verdad que nadie oír, y que todos nosotros, a menos que hayamos nacido ayer o no hayamos visto jamás una película o una serie, sabemos que al final tendrá razón en su convencimiento irracional. (Me exceptúo brevemente de mi promesa de criticar la serie por sí misma y no por su fidelidad a la obra de Tolkien para hacer notar que, en The Silmarillion, Galadriel es una mujer más pragmática y movida por una legítima ambición política; en The Lord of the Rings, en tanto, incluso Gandalf evalúa la posibilidad del retorno de Sauron basándose en cuidadosas investigaciones. Galadriel es, por cierto, mucho más joven e inexperta en The Rings of Power).
El final del episodio primero introduce un elemento que contradice el lore de manera tan obscena que solo se me ocurre que fue incluido en el guión para poder mostrárselo a los celosos albaceas de Tolkien (o a sus abogados, más bien) y decirles «¿Ven cómo no estamos copiando The Silmarillion?». Gil-galad, el rey de los elfos, distribuye cupos para el retorno a Valinor, y Galadriel acepta a regañadientes, pero a último momento (a la vista de la mismísima Luz de los Valar) salta del barco. Dado que el barco no volverá y que difícilmente pueda una elfa ir nadando desde las costas de Aman hasta la Tierra Media cruzando los Mares que Separan, es de esperar que ocurra algún tipo de milagro que enlode todavía más la tradición tolkieniana. Llegado a este punto, hay que felicitar a los creadores de este bodrio por esta paradoja: después de esta afrenta al sentido común, no me queda otra que seguir viendo la serie para ver cómo salen del paso.


