Silvia’s Reviews > En el lado salvaje > Status Update
Silvia
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bua bua bua se viene dramoteeeee. Hay un montón de frases que he querido subrayar pero no he cogido un boli ni nada, solo el libro.
— Jul 07, 2025 02:56AM
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Silvia
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Durante ese tiempo, el sol resultó difícil. Difícil de sentir. Dificil de reconocer. Difícil de encontrar. Daffy hablaba de praderas. Yo, de dientes de león; el color amarillo, algo que tratábamos de alumbrar en aquel mundo gris.
Como te muevas, te dispararé —se inclinó hablando en un tono que no pasaba del susurro— y no serás más que una pequeña mariposa de hierro, incapaz de levantar el vuelo.
— Jan 15, 2026 02:30PM
Como te muevas, te dispararé —se inclinó hablando en un tono que no pasaba del susurro— y no serás más que una pequeña mariposa de hierro, incapaz de levantar el vuelo.
Silvia
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Nos aferrábamos a rituales como ese porque sin ellos temíamos perder el norte por completo.
— Jan 13, 2026 02:00AM
Silvia
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Eso era prostitución rural. No nos vestíamos como las trabajadoras de la calle que salen en las películas. Nada de minifaldas de licra ni medias de rejilla. No éramos como Julia Roberts cuando conoce a Richard Gere. Teníamos el pelo grasiento, olíamos a sudor y poco podíamos hacer con nuestras caras aparte de fruncir el ceño.
— Nov 19, 2025 03:06AM
Silvia
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Para entonces resulta difícil imaginar que los restos fueron una persona. Que fueron alguien que se reía de los chistes de su padre. Que sonreía cuando su madre la acariciaba. Que bailaba descalza con su pareja por el frío linóleo del suelo de la cocina. Sus dedos tenían una identidad que le pertenecía solo a ella. Ella era el romero, el trigo rojo de invierno, el zumaque, la raíz rosada.
— Sep 20, 2025 12:41PM
Silvia
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Tanto mi tía como mi madre eran mujeres que podrían haber sido reinas en otro desfile si no hubiesen estado tan a gusto en el agujero que parecían hacer más hondo cada día que pasaba.
— Sep 12, 2025 09:41AM
Silvia
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El primer otoño sin la abuela Milkweed las hojas cambiaron de color como siempre habían hecho. Las temperaturas bajaron como los otoños anteriores, y el azul intenso del cielo se tornó en un gris delicado. La vida no se detuvo porque la de ella se hubiese interrumpido.
— Sep 07, 2025 02:08PM
Silvia
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Nuestra abuela debía de estar hojeando el catálogo cuando el coche la atropelló y la lanzó contra el algodoncillo de la orilla del camino. Me la imaginaba tumbada boca arriba observando las mariposas que revoloteaban a la luz del sol por encima de ella, posándose de planta en planta, antes de cerrar los ojos. Murió a los pocos minutos del impacto.
— Aug 31, 2025 04:17AM
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Aug 01, 2025 09:12AM
En otoño los lugareños se referían al río como el Ojo de Dios por la forma en que las hojas de color amarillo, burdeos y carmesí se desprendían de las ramas y caían en la superficie, donde dejaban un pequeño círculo en el que aparecía el agua tur-bia. Según la leyenda, si mirabas el círculo, veías la pupila de Dios y conocías tu futuro. Pero el río sabía lo que era. Y aunque le halagaban los mitos, no se consideraba más que una mujer, como las que venían a quedarse en sus orillas o se zambullían bajo sus aguas.
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Varias generaciones han vivido del sustento de abuelos y padres que trabajaban en la fábrica de papel hasta que por la noche volvían a casa, en la que se convertirían en los capitanes de la mesa de la cena mientras nuestras madres eran mujeres de manos inmortales que recogían nuestras plegarias caídas y las atendían.
Algunas personas contemplan un lugar como es. A mí me gusta contemplarlo como será descubierto en el futuro. ¿Qué objeto dejaría Chillicothe, Ohio, en la tierra oscura si desapareciese con el paso del tiempo?
Pero sobre todo habrá distintas capas. Capas de furia, de belleza, de las horas que se marchitan como la hierba seca. Y encima, como depósito final, el serrín de la fábrica de papel. Tal vez hasta conserve el olor, mezclado con la tierra, endurecido con las piedras, renovado a cada bocanada. Los vecinos se referían al aroma que venía de la fábrica como el olor a dinero. Pero delante de los que no habían nacido ni se habían criado en Chillicothe, se tapaban la nariz y decían: Caray, cómo apesta esta ciudad.
Las casas tenían una incómoda proximidad unas con otras. Si había una riña al lado, la oías. Si había cena en el horno, la olías. Si había una mujer sentada en la mesa de la cocina con la cara entre las manos, la veías.
Cada vez que la tía Clover pronunciaba la palabra “sangre”, cosa que había a menudo, la decía como si perteneciese a un pueblo que había derramado más que ninguno
A decir verdad, a la tía Clover todavía le faltaba una semana para cumplir los treinta. Simplemente lucía los rigores de la vida con un como de antelación.
¿Tía? —dijo Daffy observándola—. ¿Cómo es que siemprellevas lápiz de ojos azul?
Daffy se puso a cantar la palabra «azul» hasta que yo me uní a ella.
—Porque cuando se nos cae la piel —contestó la tía Clover—, el color que hay debajo es azul. ¿Cómo me ha quedado el alambre de espino? —Giró la cabeza de un lado al otro mostrando las pequeñas equis—. ¿Me protegerá de los monstruos boca abajo que se alimentan de sangre de mujer?
-Anda, dame el pañuelo. —Señaló el camisón del sofá. Cuando se lo di, se lo echó sobre los hombros. Mi tía lo llama-
ba su pañuelo nocturno.
—Porque solo las mujeres que llevan el río a las espaldas pueden ponérselo —como ella te decía—. Y yo he estado llevando el río a la espalda desde que tenía edad para saber que, o llevas el río, o el río te lleva a ti. Mi pañuelo nocturno es la onda del agua. La clase de onda que solo sale a la luz de la luna.
Vimos cómo se cepillaba los dientes que le quedaban con el dedo. Después de escupir, se miró al espejo. En algunas partes del cristal había trocitos de cinta adhesiva transparente. Mientras estudiaba su reflejo, se acercó a él inclinándose con el ceño fruncido, la vista fija en un punto situado sobre su hombro derecho.—Hay otra —dijo, cogiendo el pequeño rollo de cinta adhesiva del lavabo—. Otra grieta.
Arrancó un trozo y lo pegó sobre la imagen reflejada de su
hombro.
—Hay que sellar las grietas — aseveró, haciendo presión sobre la cinta—. Si no, se harán cada vez más grandes hasta que se abran del todo y os roben el nombre. Acordaos, niñas. Algún día a voso tras también os saldrán grietas en la piel. Y se os agrietará todavía más porque tenéis canicas de bruja en lugar de ojos.
—¿Por qué crees que mamá no ha tirado la ropa de papá al barro como hizo con sus zapatos? ¿O por qué no la ha cortado como cortó sus cinturones?—A lo mejor es por el viento —respondí—. Así, cuando entre por la ventana, se pondrá su ropa. Se pondrá sus camisas y pantalones viejos. A lo mejor lo ha hecho por eso. Para darle al viento ropa y que no entre siempre en casa desnudo.
Deslicé los dedos por las paredes pintadas años antes de verde menta y llenas de las palabras escritas con rotulador por dos yonquis. Podía distinguir la letra de mi padre de la de mi madre.El siempre escribía inclinado a la derecha. Ella siempre escribía inclinada a la izquierda. Sus palabras nunca se tocaban del todo. En algunas partes, las letras parecían pájaros dibujados que se alejaban volando el uno del otro.
Alguien le había dicho una vez que tenía unas mejillas bonitas, de modo que se cortó el cabello pelirrojo y se dejó una melena breve como las que aparecían en las revistas que leía en aquel en-tonces, a finales de los setenta. Se decoloraba el pelo y se lo peinaba de punta, dejando las raíces a la vista. Tal vez en otro tiempo había tenido las mejillas bonitas, pero sus ojos de párpados caídos estaban ahora hundidos y llorosos, y los iris verdes habían ido desapareciendo cada vez más hasta dar la impresión de que únicamente tenía pupilas negras, un reflejo de las sombras que la rodeaban.La nariz le moqueaba continuamente, y los orificios nasales estaban irritados debido a ello. Tenía marcas en la piel de rascarse sin parar, un hábito que empeoraba por las noches; los arañazos unían las llagas antiguas con las nuevas. El sudor de la frente siempre le dejaba húmedo el pelo de la coronilla, y la mugre que no se lavaba a diario se acumulaba en unas arrugas que era demasiado joven para tener. Con solo seis años, yo ya quería meterla en la bañera porque pensaba que podría quitárselo todo como si no fuese más que la suciedad de una caída.
También dibujábamos a nuestra madre y nuestro padre. Les poníamos sonrisas porque eran dibujos y en los dibujos no hace falta decir la verdad
Siempre la llamábamos abuela Milkweed, nombre que debía a la planta en la que las mariposas monarca ponían los huevos. No os podéis imaginar la cantidad de veces que levantábamos la mano a los lunares lisos de su cuello y le decíamos que eran los huevos que habían dejado las mariposas que revoloteaban alrededor de las flores que crecían enfrente de la puerta trasera.
Cuando oí que las patas de la silla raspaban contra el suelo, supe que mi madre se había levantado para abrazar a la abuela. Era algo que siempre hacía, justo antes de meter la mano en la riñonera de nuestra abuela y quitarle el dinero que tuviese.
Mi hermana y yo nos quedamos mirando en silencio las estrechas caderas de nuestra ma-dre, preguntándonos cómo podíamos haber nacido entre ellas.
