Silvia’s Reviews > En el lado salvaje > Status Update
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Silvia
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Muchos días de verano la abuela Milkweed nos llevaba a la parte del río que pasaba cerca de su casa. Los pantalones Fremangados hasta las fuertes pantorrillas y un sombrero de ala ancha en la cabeza para protegerse del sol. Llevaba un top sin mangas y se quejaba de los brazos todo el camino.
— Mar 11, 2026 01:06AM
Silvia
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—¿Que os devolverían adónde? — quiso saber Thursday.
—Adonde tuviéramos que estar —contesté.
— Mar 11, 2026 12:51AM
—Adonde tuviéramos que estar —contesté.
Silvia
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—¿Qué decís? —nos preguntó.
—No sé —respondió Thursday—. O sea, ¿merece realmente la pena que nos mojemos el pelo? ¿Tú qué opinas, Arc?
—Bueno, mi abuela diría que sí, que por supuesto que vale la pena. —Sonreí—. Siempre nos contaba que el agua estaba llena de ángeles infinitos. Nos decía a Daffy y a mí que cada vez que nos metiéramos en ella, los ángeles nos devolverían.
— Mar 11, 2026 12:50AM
—No sé —respondió Thursday—. O sea, ¿merece realmente la pena que nos mojemos el pelo? ¿Tú qué opinas, Arc?
—Bueno, mi abuela diría que sí, que por supuesto que vale la pena. —Sonreí—. Siempre nos contaba que el agua estaba llena de ángeles infinitos. Nos decía a Daffy y a mí que cada vez que nos metiéramos en ella, los ángeles nos devolverían.
Silvia
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-¿Hacer qué? - preguntó Thursday.
—Bautizarnos.
Violet se dio la vuelta hacia nosotras.
—Yo no soy bautista —repuso Indigo.
—No hace falta que lo seas. —Violet ya se estaba descalzan-do—. No lo haríamos por una religión ni por un predicador ni por ninguna otra persona. Lo haríamos por nosotras.
Violet se metió en el agua y nos salpicó hasta que todas reímos.
— Mar 11, 2026 12:50AM
—Bautizarnos.
Violet se dio la vuelta hacia nosotras.
—Yo no soy bautista —repuso Indigo.
—No hace falta que lo seas. —Violet ya se estaba descalzan-do—. No lo haríamos por una religión ni por un predicador ni por ninguna otra persona. Lo haríamos por nosotras.
Violet se metió en el agua y nos salpicó hasta que todas reímos.
Silvia
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Una flor seca cayó al suelo.
—¿Un secreto?
Thursday sonrió y la recogió.
—La verdad es que no —contestó Indigo-. Me gusta prensar las flores antes de que se caigan por la esquina.
—¿Qué esquina? —pregunté.
—La esquina del mundo-respondió ella—.
— Mar 11, 2026 12:48AM
—¿Un secreto?
Thursday sonrió y la recogió.
—La verdad es que no —contestó Indigo-. Me gusta prensar las flores antes de que se caigan por la esquina.
—¿Qué esquina? —pregunté.
—La esquina del mundo-respondió ella—.
Silvia
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En la palma de la mano tenía el tatuaje de una mariposa.
—Me lo hice hace años —dijo, viendo que yo lo miraba.
—¿Por qué te lo hiciste en la palma?
—Me gusta saber que puedo tener algo muy frágil en la mano y no aplastarlo. —Cerró el puño—. Por muy fuerte que aprieto —Lo hizo hasta que le sobresalieron las venas del dorso de la mano—, la mariposa no sufre ningún daño.
— Mar 11, 2026 12:48AM
—Me lo hice hace años —dijo, viendo que yo lo miraba.
—¿Por qué te lo hiciste en la palma?
—Me gusta saber que puedo tener algo muy frágil en la mano y no aplastarlo. —Cerró el puño—. Por muy fuerte que aprieto —Lo hizo hasta que le sobresalieron las venas del dorso de la mano—, la mariposa no sufre ningún daño.
Silvia
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-¿No te sientes atrapada, Arc? -preguntó-. ¿Atrapada en esta habitación, en esta casa? A veces tengo la sensación de que nunca saldré de este lado salvaje. De que siempre estaré aquí, sin poder escapar. Atrapada en el centro de esta telaraña.
— Mar 11, 2026 12:47AM
Silvia
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Una mujer difícil de domar es una mujer fácil de culpar. POETA DAFFODIL
—Ya casi nunca me llevas contigo. Como no tengas cuidado, cerraré el grifo de la poesía, Arc.
—No lo cierres, Daffy. Deja que el chorro siga saliendo.
— Mar 10, 2026 02:15AM
—Ya casi nunca me llevas contigo. Como no tengas cuidado, cerraré el grifo de la poesía, Arc.
—No lo cierres, Daffy. Deja que el chorro siga saliendo.
Silvia
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Durante ese tiempo, el sol resultó difícil. Difícil de sentir. Dificil de reconocer. Difícil de encontrar. Daffy hablaba de praderas. Yo, de dientes de león; el color amarillo, algo que tratábamos de alumbrar en aquel mundo gris.
Como te muevas, te dispararé —se inclinó hablando en un tono que no pasaba del susurro— y no serás más que una pequeña mariposa de hierro, incapaz de levantar el vuelo.
— Jan 15, 2026 02:30PM
Como te muevas, te dispararé —se inclinó hablando en un tono que no pasaba del susurro— y no serás más que una pequeña mariposa de hierro, incapaz de levantar el vuelo.
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Aug 18, 2025 12:21PM
Mi hermana y yo observábamos cómo movía las manos. Observábamos cómo movía las manos y pensábamos que eran Elas dos cosas más viejas del mundo. Más viejas que la propia mujer. Como si al principio solo existiese la tierra, solo existiese la luz, solo existiese la oscuridad y solo existiesen las manos de la abuela Milkweed creadas en el mismo instante.
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En aquel entonces había pocas cosas que Daffy y yo no creyésemos que habían sido creadas por una mujer o a partir de ella. Y se lo debíamos a la abuela Milkweed.][—La lluvia es una mujer que explica el tiempo -nos contaba-.
La hierba es una que crece con los años, y el río otra que no se ha reído en la vida y que derrama lágrimas que erosionan la tierra.
Todo Chillicothe, Ohio —decía, abriendo mucho los brazos-—, es una mujer tumbada de costado en la hierba, una ciudad construida sobre ella de la punta de los dedos a los tobillos. Una mujer que se convence a sí misma de que está en el lado bueno de la cruz y se queda lo bastante quieta para creerlo. Todas las carreteras de esta ciudad no están cubiertas de piedras, niñas, sino de cicatrices de mujer, porque solo las cicatrices de una mujer son lo bastante fuertes para soportar algo que pasa por encima de ellas una y otra vez
-Paciencia, queridas —decía nuestra abuela mientras nos legaba su sabiduría de anciana—. Porque sin paciencia, siempre os pelearéis con la labor que tenéis entre manos.
Mi madre, mi tía y mi abuela eran mujeres de piel caliente que parecían sudar incluso en plena tormenta de nie-ve. Mujeres que siempre se ponían rímel mientras sonaba la radio, hablando con orgullo de una antepasada nuestra que había vivido hacía siglos y había sido colgada por bruja no una, sino dos veces.Al romperse la soga, la habían quemado.
—A ella le debemos la piel caliente —dijo un día la abuela Milk-weed, revelándonos a mi hermana y a mí que había algo de aquella bruja en nosotras—. No se puede prender fuego a una mujer y esperar que la carne de las mujeres que vengan detrás de ella no note el mismo calor. También a ella le debemos poder soñar el futuro.
—Yo no quiero ser bruja —repuso Daffy—. Tienen verrugas.
—Querida. —Nuestra abuela rodeó la cara de Daffy con sus viejas manos—. Una bruja no es un sombrero picudo ni una escoba ni unas verrugas. Una bruja simplemente es una mujer a la que castigan por ser más sabia que un hombre. Por eso la quemaron a ella.
Intentaron acabar con su poder porque una mujer que dice más de lo que debe decir y que hace más de lo que debe hacer es una mujer a la que se intenta silenciar y destruir. Pero hay cosas que ni el fuego puede destruir. Una de esas cosas es la fuerza de una mujer. ¿No quieres ser una mujer así? ¿Una mujer con poder?
-Escuchad, niñas. Voy a contaros algo importante. Algo qué mi madre me contó a mí. En la vida hay un lado salvaje y un lado bonito.—¿A qué te refieres, abuela Milkweed? —le pregunté.
Ella abrió las manos sobre las pulcras filas de cuadrados de
la manta.
—Este es el lado bonito -explicó—. Venid, niñas, pasad las manos por este lado.
—Pero ¿qué hay en el lado bonito? —quise saber mientras tocaba las puntadas.
—¿Qué es lo que os hace más felices? —preguntó la abuela
Milkweed.
—Yo lo sé. —Daffy levantó la mano como si estuviésemos en el colegio—. Tú y el hilo de hacer ganchillo y los bulbos de flores y las tortugas y los gatos que bailan y Arc.
—¿Y a ti, Arc?
Nuestra abuela se volvió hacia mí.
—Las plumas y la tierra y las palas que se hunden en ella.
—Entonces hice ver que excavaba—. Y las diosas que son leonas, el mes de julio todo el año...
—Sí. —Daffy asintió con la cabeza—. Yo me pido eso tam-bién.
—Y tú, abuela Milkweed —añadí—. Y Daffy y el caballo de mamá.
—Entonces eso es lo que hay en el lado bonito. —La abuela
Milkweed sonrió—. Las cosas que os hacen más felices. Todas las cosas que están lejos de los fuegos de los hombres.
Mientras las tres palpábamos los cuadrados de la manta, cuyas hileras multicolores resaltaban contra el fondo negro, nuestra
abuela dijo:
—En este lado pasan cosas bonitas. Pero en este otro...
Dio la vuelta a la manta de ganchillo, y las arrugas del rabillo
de sus ojos se contagiaron de su expresión ceñuda.
—Mirad aquí, niñas. — Pasó los dedos por los hilos que colgaban por la parte de atrás de los cuadrados—. Este es el lado salvaje.
¿Veis que los hilos están sueltos?
—¿Qué hay en el lado salvaje? —preguntó Daffy, alzando la vista a los ojos de la abuela Milkweed
—Aquí no están vuestras flores, vuestros caballos ni vuestras bonitas diosas. ¿Cuáles son las cosas más terribles que se os ocu-rren? —preguntó la abuela.
Daffy se volvió hacia mí y contestó:
—Las cosas que mamá y la tía Clover se pinchan en el brazo.
—Y papá debajo de la sábana blanca —agregué yo.
—Las noches frías. —Daffy se estremeció—. El sonido de la tía Clover llorando.
—Y de mamá también -apunté.
—Ese es el lado salvaje —concluyó la abuela Milkweed—. El lado que favorece el humor de los monstruos y todas las cosas con las que ellos juegan. ¿Lo veis, niñas? ¿Veis lo salvajes que son estos hilos?
—Pero solo son las puntas de los hilos que asoman, abuela
-repuse.
—No, querida. Son más que eso. —La voz de nuestra abuela sonó firme cuando dijo-: Son colmillos colgantes. ¿Sabéis lo que son los colmillos colgantes? Son dientes tan afilados que ni siquiera las bocas de los monstruos pueden soportarlos. Deben colgar de los labios del diablo, como arañas caídas de sus telarañas, caídas tan lejos que cabalgan las ondas de las tormentas rodantes y de los vientos malditos.
—Pero son muy suaves.
Daffy agarró los hilos.
—Suave es la serpiente, pero duro es el silbido. —Nuestra abuela me miró—. Vivimos en el lado salvaje, niñas. Por eso os cuento esto, para que podáis sobrevivir a él.
Se acercó al armario en el que guardaba el material para hacer manualidades y cogió una aguja grande con un ojo para hebras más gruesas que el hilo de ganchillo. Partiendo de uno de los cuadrados del borde de la manta, empezó a entretejer los hilos sueltos en los cuadrados.
—¿Veis lo que hago? —preguntó—. Remeto las puntas de los hilos en el cuadrado y convierto el lado salvaje en bonito. Quiero que ahora intentéis hacerlo vosotras dos.
Me dio la aguja a mí, mostrándome cómo meter el hilo suelto
en el cuadrado de manera que no volviera a verse.
—Cuando el lado salvaje te supera —dijo—, coges una aguja y tejes los hilos.
—¿Una aguja?
Mi hermana la miró.
—Puedes volver el lado salvaje bonito.
La abuela Milkweed cogió la aguja de la mano de mi hermana
y empezó a coser las puntas ella misma.
No dijimos nada cuando empezaron a caer silenciosamente lágrimas por sus viejas mejillas. Ni tampoco cuando la luz del exterior empezó a menguar, porque todas las luces de la casa estaban encendidas y nos consolaba saber que las habitaciones de la casa de la abuela Milkweed nunca estarían a oscuras.

