Silvia’s Reviews > En el lado salvaje > Status Update
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Silvia
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Durante ese tiempo, el sol resultó difícil. Difícil de sentir. Dificil de reconocer. Difícil de encontrar. Daffy hablaba de praderas. Yo, de dientes de león; el color amarillo, algo que tratábamos de alumbrar en aquel mundo gris.
Como te muevas, te dispararé —se inclinó hablando en un tono que no pasaba del susurro— y no serás más que una pequeña mariposa de hierro, incapaz de levantar el vuelo.
— Jan 15, 2026 02:30PM
Como te muevas, te dispararé —se inclinó hablando en un tono que no pasaba del susurro— y no serás más que una pequeña mariposa de hierro, incapaz de levantar el vuelo.
Silvia
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Nos aferrábamos a rituales como ese porque sin ellos temíamos perder el norte por completo.
— Jan 13, 2026 02:00AM
Silvia
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Eso era prostitución rural. No nos vestíamos como las trabajadoras de la calle que salen en las películas. Nada de minifaldas de licra ni medias de rejilla. No éramos como Julia Roberts cuando conoce a Richard Gere. Teníamos el pelo grasiento, olíamos a sudor y poco podíamos hacer con nuestras caras aparte de fruncir el ceño.
— Nov 19, 2025 03:06AM
Silvia
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Para entonces resulta difícil imaginar que los restos fueron una persona. Que fueron alguien que se reía de los chistes de su padre. Que sonreía cuando su madre la acariciaba. Que bailaba descalza con su pareja por el frío linóleo del suelo de la cocina. Sus dedos tenían una identidad que le pertenecía solo a ella. Ella era el romero, el trigo rojo de invierno, el zumaque, la raíz rosada.
— Sep 20, 2025 12:41PM
Silvia
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Tanto mi tía como mi madre eran mujeres que podrían haber sido reinas en otro desfile si no hubiesen estado tan a gusto en el agujero que parecían hacer más hondo cada día que pasaba.
— Sep 12, 2025 09:41AM
Silvia
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El primer otoño sin la abuela Milkweed las hojas cambiaron de color como siempre habían hecho. Las temperaturas bajaron como los otoños anteriores, y el azul intenso del cielo se tornó en un gris delicado. La vida no se detuvo porque la de ella se hubiese interrumpido.
— Sep 07, 2025 02:08PM
Silvia
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Nuestra abuela debía de estar hojeando el catálogo cuando el coche la atropelló y la lanzó contra el algodoncillo de la orilla del camino. Me la imaginaba tumbada boca arriba observando las mariposas que revoloteaban a la luz del sol por encima de ella, posándose de planta en planta, antes de cerrar los ojos. Murió a los pocos minutos del impacto.
— Aug 31, 2025 04:17AM
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Aug 18, 2025 12:21PM
Mi hermana y yo observábamos cómo movía las manos. Observábamos cómo movía las manos y pensábamos que eran Elas dos cosas más viejas del mundo. Más viejas que la propia mujer. Como si al principio solo existiese la tierra, solo existiese la luz, solo existiese la oscuridad y solo existiesen las manos de la abuela Milkweed creadas en el mismo instante.
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En aquel entonces había pocas cosas que Daffy y yo no creyésemos que habían sido creadas por una mujer o a partir de ella. Y se lo debíamos a la abuela Milkweed.][—La lluvia es una mujer que explica el tiempo -nos contaba-.
La hierba es una que crece con los años, y el río otra que no se ha reído en la vida y que derrama lágrimas que erosionan la tierra.
Todo Chillicothe, Ohio —decía, abriendo mucho los brazos-—, es una mujer tumbada de costado en la hierba, una ciudad construida sobre ella de la punta de los dedos a los tobillos. Una mujer que se convence a sí misma de que está en el lado bueno de la cruz y se queda lo bastante quieta para creerlo. Todas las carreteras de esta ciudad no están cubiertas de piedras, niñas, sino de cicatrices de mujer, porque solo las cicatrices de una mujer son lo bastante fuertes para soportar algo que pasa por encima de ellas una y otra vez
-Paciencia, queridas —decía nuestra abuela mientras nos legaba su sabiduría de anciana—. Porque sin paciencia, siempre os pelearéis con la labor que tenéis entre manos.
Mi madre, mi tía y mi abuela eran mujeres de piel caliente que parecían sudar incluso en plena tormenta de nie-ve. Mujeres que siempre se ponían rímel mientras sonaba la radio, hablando con orgullo de una antepasada nuestra que había vivido hacía siglos y había sido colgada por bruja no una, sino dos veces.Al romperse la soga, la habían quemado.
—A ella le debemos la piel caliente —dijo un día la abuela Milk-weed, revelándonos a mi hermana y a mí que había algo de aquella bruja en nosotras—. No se puede prender fuego a una mujer y esperar que la carne de las mujeres que vengan detrás de ella no note el mismo calor. También a ella le debemos poder soñar el futuro.
—Yo no quiero ser bruja —repuso Daffy—. Tienen verrugas.
—Querida. —Nuestra abuela rodeó la cara de Daffy con sus viejas manos—. Una bruja no es un sombrero picudo ni una escoba ni unas verrugas. Una bruja simplemente es una mujer a la que castigan por ser más sabia que un hombre. Por eso la quemaron a ella.
Intentaron acabar con su poder porque una mujer que dice más de lo que debe decir y que hace más de lo que debe hacer es una mujer a la que se intenta silenciar y destruir. Pero hay cosas que ni el fuego puede destruir. Una de esas cosas es la fuerza de una mujer. ¿No quieres ser una mujer así? ¿Una mujer con poder?
-Escuchad, niñas. Voy a contaros algo importante. Algo qué mi madre me contó a mí. En la vida hay un lado salvaje y un lado bonito.—¿A qué te refieres, abuela Milkweed? —le pregunté.
Ella abrió las manos sobre las pulcras filas de cuadrados de
la manta.
—Este es el lado bonito -explicó—. Venid, niñas, pasad las manos por este lado.
—Pero ¿qué hay en el lado bonito? —quise saber mientras tocaba las puntadas.
—¿Qué es lo que os hace más felices? —preguntó la abuela
Milkweed.
—Yo lo sé. —Daffy levantó la mano como si estuviésemos en el colegio—. Tú y el hilo de hacer ganchillo y los bulbos de flores y las tortugas y los gatos que bailan y Arc.
—¿Y a ti, Arc?
Nuestra abuela se volvió hacia mí.
—Las plumas y la tierra y las palas que se hunden en ella.
—Entonces hice ver que excavaba—. Y las diosas que son leonas, el mes de julio todo el año...
—Sí. —Daffy asintió con la cabeza—. Yo me pido eso tam-bién.
—Y tú, abuela Milkweed —añadí—. Y Daffy y el caballo de mamá.
—Entonces eso es lo que hay en el lado bonito. —La abuela
Milkweed sonrió—. Las cosas que os hacen más felices. Todas las cosas que están lejos de los fuegos de los hombres.
Mientras las tres palpábamos los cuadrados de la manta, cuyas hileras multicolores resaltaban contra el fondo negro, nuestra
abuela dijo:
—En este lado pasan cosas bonitas. Pero en este otro...
Dio la vuelta a la manta de ganchillo, y las arrugas del rabillo
de sus ojos se contagiaron de su expresión ceñuda.
—Mirad aquí, niñas. — Pasó los dedos por los hilos que colgaban por la parte de atrás de los cuadrados—. Este es el lado salvaje.
¿Veis que los hilos están sueltos?
—¿Qué hay en el lado salvaje? —preguntó Daffy, alzando la vista a los ojos de la abuela Milkweed
—Aquí no están vuestras flores, vuestros caballos ni vuestras bonitas diosas. ¿Cuáles son las cosas más terribles que se os ocu-rren? —preguntó la abuela.
Daffy se volvió hacia mí y contestó:
—Las cosas que mamá y la tía Clover se pinchan en el brazo.
—Y papá debajo de la sábana blanca —agregué yo.
—Las noches frías. —Daffy se estremeció—. El sonido de la tía Clover llorando.
—Y de mamá también -apunté.
—Ese es el lado salvaje —concluyó la abuela Milkweed—. El lado que favorece el humor de los monstruos y todas las cosas con las que ellos juegan. ¿Lo veis, niñas? ¿Veis lo salvajes que son estos hilos?
—Pero solo son las puntas de los hilos que asoman, abuela
-repuse.
—No, querida. Son más que eso. —La voz de nuestra abuela sonó firme cuando dijo-: Son colmillos colgantes. ¿Sabéis lo que son los colmillos colgantes? Son dientes tan afilados que ni siquiera las bocas de los monstruos pueden soportarlos. Deben colgar de los labios del diablo, como arañas caídas de sus telarañas, caídas tan lejos que cabalgan las ondas de las tormentas rodantes y de los vientos malditos.
—Pero son muy suaves.
Daffy agarró los hilos.
—Suave es la serpiente, pero duro es el silbido. —Nuestra abuela me miró—. Vivimos en el lado salvaje, niñas. Por eso os cuento esto, para que podáis sobrevivir a él.
Se acercó al armario en el que guardaba el material para hacer manualidades y cogió una aguja grande con un ojo para hebras más gruesas que el hilo de ganchillo. Partiendo de uno de los cuadrados del borde de la manta, empezó a entretejer los hilos sueltos en los cuadrados.
—¿Veis lo que hago? —preguntó—. Remeto las puntas de los hilos en el cuadrado y convierto el lado salvaje en bonito. Quiero que ahora intentéis hacerlo vosotras dos.
Me dio la aguja a mí, mostrándome cómo meter el hilo suelto
en el cuadrado de manera que no volviera a verse.
—Cuando el lado salvaje te supera —dijo—, coges una aguja y tejes los hilos.
—¿Una aguja?
Mi hermana la miró.
—Puedes volver el lado salvaje bonito.
La abuela Milkweed cogió la aguja de la mano de mi hermana
y empezó a coser las puntas ella misma.
No dijimos nada cuando empezaron a caer silenciosamente lágrimas por sus viejas mejillas. Ni tampoco cuando la luz del exterior empezó a menguar, porque todas las luces de la casa estaban encendidas y nos consolaba saber que las habitaciones de la casa de la abuela Milkweed nunca estarían a oscuras.

