¡Vivir!
Tras diez años viviendo en los EE.UU., habiendo emigrado baja falsas pretensiones de la Rusia Soviética, Ayn Rand había cumplido por fin en 1936 su sueño de convertirse en autora publicada (aunque ya había vendido previamente algún que otro guion de cine y teatro) gracias a «Los que vivimos», un recuento semiautobiográfico de sus experiencias en su país de nacimiento tras la revolución bolchevique. Pese a una recepción inicial pobre, este logro la animó a abordar su siguiente trabajo, que sería una distopía futurista donde se plasmaría su filosofía, con la intención de venderla en el mercado de las revistas de género.
Al final, sin embargo, probó primero a instancias de su agente la ruta editorial tradicional, pero solo logró que aceptaran la novela corta en el Reino Unido, donde fue publicada en 1938 con críticas correctas pero resultados económicos igualmente limitados. Posteriores intentos de entrar en el mercado americano (ya fueran libros o revistas) fracasaron, hasta que a raíz del éxito de «El manantial» (1943), «¡Vivir!» («Anthem») vio la luz en los EE.UU. una edición revisada en un sello independiente gestionado por unos amigos. Por último, en 1953, llegó por fin al mercado pulp en el que sería el último número de Famous Fantastic Mysteries, reimpresa junto con «La metamorfosis» de Kafka.
La novela corta sigue la vida de un joven, Igualdad 7-2521, en una sociedad futura en la que han triunfado las ideas colectivistas y todo se rige, en teoría, bajo la guía de la más estricta equidad, hasta el punto de que no existen pronombres para destacar la individualidad, sino que todo es un nosotros, vosotros o ellos. Ya desde su infancia, a Igualdad 7-2521 le cuesta adaptarse a la estricta ortodoxia que rige a la colectividad y sus numerosas preguntas, nacidas de un anhelo genuino por aprender, le granjean fama de problemático.
Quizás por ello el consejo de Vocaciones le asigna al cumplir los veintiún años a la Casa de los Barrenderos, en vez de concederle su sueño de convertirse en aquello para lo que se siente especialmente preparado (una idea herética en sí misma, el considerarse superior en algo a los demás), que es ser un Estudioso. Pese a ese golpe, Igualdad 7-2521 trata de aceptar la decisión del Estado y amoldarse a su destino, hasta que dos acontecimientos lo ponen de nuevo en curso de colisión contra él: primero, conoce a una mujer, Libertad 5-3000, por la que se siente atraído (otra herejía, pues toda interacción hombre-mujer es un acto aséptico y programado); segundo, descubre un viejo refugio de los Tiempos Innominados, repleto de tecnología antigua que se propone investigar.
Como muchos de los héroes randianos posteriores, Igualdad 7-2521 es un espíritu libre, oprimido y limitado en sus capacidades naturales por una mediocre sociedad opresora, dispuesta a cualquier cosa por ahogar su brillantez bajo la masa indiferenciada de los inferiores. Claro que en «¡Vivir!» (o «Himno» en ediciones más recientes) cualquier leve asomo de insinuación o «sutileza» que puedan tener títulos como «El manantial» o «La rebelión de Atlas» destacan por su ausencia. Desde la elección de los nombres a la propia descripción de las instituciones del estado totalitario en el que se desarrolla la historia, todo grita desaforadamente la tesis de la novela corta, dejando nulo espacio para la interpretación del lector).
Eso sí, he de reconocer que la esperaba peor, más panfletaria (que lo es, pero solo en los dos capítulos finales, quizás también los más modificados en 1946). El caso es que «¡Vivir!» antecede por varios años la concreción del objetivismo randiano, así que en ella plasmó más bien su base ideológica, que por entonces tenía más que ver con el rechazo absoluto y frontal (me atrevería a añadir incluso que patológico) hacia el colectivismo (lo que la llevó a exaltar el individualismo y de ahí a desarrollar su tesis… o justificación, en pro del «egoísmo racional»).
A nivel literario, «¡Vivir!» es un texto bastante pobre y, sobre todo, un plagio más que evidente de «Nosotros» de Zamiatin (publicada en Nueva York en 1924). La gran diferencia entre ambas (aparte de tono y estilo) es la brutal falta de indefinición de la distopía de Rand (que, pese a ambientarse en un supuesto futuro, no hace gala de una sola invención anticipativa), así como su involuntariamente paródica descripción de su protagonista, Igualdad 7-2521, que por momentos se me antoja un Ignatius Reilly adelantado a su tiempo, enfrentado a su propia Conjura de los Necios (tal y como posiblemente se veía Rand a sí misma, en lucha contra un mundo que no reconocía su genialidad).
No quisiera, sin embargo, negarle todo mérito anticipativo, porque quizás «¡Vivir!» constituya la primera obra literaria sustentada sobre la hipótesis del Relativismo Lingüístico, al centrarse buena parte de la obra en la imposibilidad por parte de Igualdad 7-2521 y Libertad 5-3000 (a la que rebautiza como «la Dorada») de expresar sus ideas y sentimientos al carecer de pronombres individuales (constituyendo, además, el culmen filosófico de la obra el descubrimiento en antiguos escritos prerrevolucionarios de la palabra «yo»). Cabe señalar, además, que en 1938 Benjamin Whorf todavía no había entrado en escena para configurar lo que hoy incorrectamente conocemos como hipótesis Sapir-Whorf (Edward Sapir nunca quiso llegar tan lejos), así que cabe en lo posible que esto fuera una idea original de Rand.
Con el paso del tiempo, y al popularizarse las ideas de Ayn Rand, sobre todo entre cierto sector de la población estadounidense, la novela corta fue adquiriendo cada vez más fama, obteniendo con el paso de los años una relevancia de la que ni de cerca disfrutó en sus comienzos. Así, en 1987 fue inducida (para sorpresa de nadie) en el Salón de la Fama del premio Prometheus y en 2013 obtuvo una nominación al premio retroHugo (para obras publicadas setenta y cinco años antes), que sin embargo recayó en John W. Campbell por «¿Quién anda ahí?» (la obra en que se basan las películas «El enigma de otro mundo» y «La cosa»).
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