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碧娜的拖鞋
— Nov 02, 2026 06:59PM
无条件投降博物馆

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Finished November 5, 2am (November 4)
— Nov 04, 2026 10:12AM
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Finished chapter 3
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黑海、記憶
— Nov 02, 2026 07:42PM
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November 2: compared editions (Chinese prolly translated from English ; Spanish) trying to find the original on Google books
— Nov 02, 2026 11:10AM
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Sin embargo, los álbumes de mamá —el modo en que había ordenado «los hechos de la vida»— resucitarían ante mis ojos la cotidianidad que había olvidado.
— Nov 02, 2026 06:22AM
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Started November 2

Como una estrella fugaz el Mirek extinguido hace mucho, aquí, al otro lado del cielo, brillaba con todo su esplendor.

就像早已划過天際逝去不見的流星,在這裡,在這另一片天空中,米雷克滿血復活,閃耀出璀璨奪目的光芒。
— Nov 02, 2026 02:58AM
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nada 比娜

「拿去,」媽媽說著,把一個包裹塞進我手裡。「拿去給比娜太太,拜託她幫我把這處脫線補起來。」

在我內心的相簿裡,我保存了義大利女人比娜太太的影像,至於為什麼,只有任性的記憶知道。(他們是義大利人,媽媽這麼說,儘管我並不清楚那是什麼意思。)

比娜專門修補絲襪的脫線。等到這項需求消失(破掉的絲襪很快就會直接扔掉),那些說法也會跟著消失(我的絲襪抽絲了;得把脫線補起來),連同那一點小小的手藝。

比娜太太臉色蒼白,沉默寡言,笑容疲倦,長著狐狸般斜長的眼睛,替人修補絲襪的脫線。只有她有一根帶著小鉤子的魔法針,女人們便把破掉的尼龍絲襪(玻璃絲襪)拿去給她,真絲的倒是少見;起初是有縫的,後來是無縫的。比娜用那根外科器械般的神奇小鉤針,耐心地勾起一根又一根絲線、一處又一處脫線,巧妙地縫合那些令人難堪的泛白細痕,彷彿它們從未存在過。

她似乎能從這細微的活計裡得到樂趣。她那個矮小、雙腿彎曲的丈夫會打她,婆婆則整天喝酒,在附近的小溪釣魚(有一天,水怪會在那裡抓住她的雙腳,把她拖進水底,再也不讓她回來),孩子們也給不了她多少安慰。

走近他們的小屋時,我的腳步便慢了下來。她總是坐在窗邊。我喜歡看她如何甩一下頭趕走蒼蠅,如何用疲倦的雙眼捕捉日光,如何把透明的絲襪套在手上,目光追著那些背信的細痕移動,如何像脫下一隻珍貴的手套那樣,把絲襪從手上褪下,如何把絲襪套在木製的「蛋」上,將那道細痕調整到正中央,又如何用閃亮的小鉤針,一針一針勾回那些四處游走的脫線。

看見我時,她便微笑,小窗框住她的身影,像一張活的照片。她甩一下頭趕走蒼蠅,那雙狐狸般的黃色眼睛微微瞇斜起來。

有一天,她已補完所有絲襪的脫線,時近午夜,所有人都沉沉睡去,她把那根小鉤針緊貼在胸前,穿著拖鞋走進院子。她停了一會兒,望向繁星滿天的夜空,接著像著了魔似的走向菜園,停在井前。她在那裡脫下拖鞋,凝視水中的月光倒影;也許,在那片閃著淡黃色光芒的水面上,她看見了一道需要補起來的脫線。就這樣,她手握那根閃亮的針,跳進井裡。

早上,人們發現了那雙擺得整整齊齊的拖鞋。葬禮上,那個矮小、雙腿彎曲的丈夫、他的母親和四個孩子,全都穿著喪服,哭哭啼啼,像蒼蠅一樣擠在棺木四周。

井邊那雙拖鞋的影像,時常浮現在我眼前。在那個影像裡,拖鞋離開地面,懸浮著。而在那件事之後,每當有人說起誰死了,我最先想到的,總是一雙被遺下的、空空的拖鞋。

翻譯 Bina

—Toma —decía mamá metiéndome un envoltorio en las manos—. Llévaselo a la señora Bina y pídele por favor que me coja esta carrera.
En mi álbum interior he guardado, por razones que sólo conoce la caprichosa memoria, la imagen de la señora Bina, la italiana. (Ellos son italianos, decía mamá, aunque yo no tenía claro qué significaba eso.)
Bina cogía las carreras de las medias. Desaparecida la necesidad (las medias rotas pronto simplemente se tirarían), desaparecerían también las palabras (Se me ha hecho una carrera en las medias; hay que coger las carreras), y junto a ellas también esa pequeña destreza.
Pálida, callada, de sonrisa cansada y de sesgados ojos de zorro, la señora Bina cogía carreras. Era la única que tenía una aguja mágica con ganchito y las mujeres le llevaban sus medias rotas de nylon (de cristal), raras veces de seda, primero con costura y después sin costura. Con su mágico ganchito quirúrgico Bina cogía pacientemente un hilo tras otro, una carrera tras otra, y hábilmente cosía las vergonzosas rayitas blanquecinas como si nunca hubieran existido.
Parecía que encontraba placer en esa menuda labor. Su pequeño marido de piernas torcidas le pegaba, su suegra se pasaba el día bebiendo y pescando en un cercano arroyo (donde un día la cogería de los pies el Hombre del Agua y la arrastraría al fondo para siempre), y sus hijos no eran de mucho consuelo.
Acercándome a la casita de ellos, mis pasos se volvían más lentos. Siempre se sentaba al lado de la ventana. Me gustaba observar cómo ahuyentaba las moscas con una sacudida de la cabeza, cómo captaba con los ojos cansados la luz del día, cómo se ponía la media transparente en la mano siguiendo con la mirada las rayitas traicioneras, cómo se quitaba la media de la mano como un guante precioso, cómo ponía la media en el «huevo» de madera, ajustando la rayita en el medio, y cómo cogía con el reluciente ganchito, una por una, las carreras errantes.
Cuando me veía sonreía, enmarcada por el ventanuco como una foto en vivo, con una sacudida de la cabeza ahuyentaba las moscas y sesgaba un poco su amarilla mirada de zorro.
Un día, cuando ya había cogido las carreras de todas las medias, sobre la medianoche, mientras todos dormían con un sueño profundo, apretando en el pecho su aguja con ganchito, salió en zapatillas al patio. Se paró un instante, miró al cielo estrellado y luego, como hechizada, se dirigió al huerto y se detuvo delante del pozo. Ahí se quitó las zapatillas, se fijó en el reflejo de la luz de la luna en el agua, quizá le pareciera ver sobre la reluciente superficie color amarillo pálido una carrera que tenía que coger. Y así, con la reluciente aguja en la mano, saltó al pozo.
Por la mañana encontraron el par de zapatillas ordenadamente colocadas. En el funeral el pequeño marido de piernas torcidas, su madre y los cuatro hijos, todos de luto, lloraban y se amontonaban alrededor del ataúd como moscas.
A menudo se me aparecía la imagen de las zapatillas al lado del pozo. En esa imagen las zapatillas, levantadas sobre el suelo, flotaban. Y cuando después de ese suceso alguien decía que alguien había muerto, lo primero en lo que pensaba era en un par de zapatillas abandonadas y vacías.


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